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All Star Superman, un renacimiento más para el hombre de acero

Posted in Animación, Arte Contemporáneo, Autores, Cine, Comics with tags , , , , , on marzo 4, 2011 by deepfocusmagazine


Leo Quintum, un filántropo cuyo genio y talento para las ciencias son similares a los de Lex Luthor, emprende un viaje de exploración en una nave equipada para lo que será el primer viaje humano hacia el sol. Ya en las capas superiores de la estrella, uno de los miembros de la tripulación se revela como clon sembrado por Luthor para sabotear la misión, además diseñado para estallar tan pronto se encuentren cerca de la superficie.

Justo entonces aparece Superman para salvar el día, pero cuando rescata la nave tanto Quintum como Superman descubren que la exposición prolongada al sol, además del contacto con el clon, desarrollan en el héroe una nueva habilidad: la capacidad para extender su «aura bioeléctrica», que le permite recuperar a los viajeros pero altera su fisiología hasta el punto de corromper su estructura genética en forma irreversible, desarrollando en él un equivalente a la metástasis de un cáncer.

A partir de ese momento Superman inicia una carrera contra el tiempo para realizar tantas empresas como estén al alcance de su mano, ante la amenaza de una muerte inminente que progresa poco a poco.

Superman viaja al sol (All Star Superman, Sam Liu), pese a ser el décimo título de una serie de largometrajes producidos por DC específicamente para su salida en DVD –en una iniciativa similar a la producción de OVAs japoneses–, es el primero que hace una adaptación fiel de un trabajo publicado por la empresa de cómics a partir de la creación de Grant Morrison, uno de los autores más innovadores y complejos de quien se tiene noticia en la industria del cómic contemporáneo.

Aunque ya se había intentado la adaptación de JLA: Earth 2 con Liga de la justicia: Crisis en dos Tierras (Justice League: Crisis on Two Earths, Lauren Montgomery, 2010), del mismo creador, esta adaptación se tomó más libertades que con su ya célebre All Star Superman, por lo que se considera un primer intento ni siquiera bien logrado.

Pese al lanzamiento oficial de la cinta el 22 de febrero del año en curso, en el breve plazo de unos días All Star Superman se ha convertido en una sensación para la prensa, ya sea que se hable de especialistas en cómic, cine o animación, en todos los casos la reacción es la misma: probablemente se trata de la segunda mejor realización llevada a la pantalla desde el Superman de Richard Donner en 1978; pero en todos los casos la conclusión es idéntica, ¿de qué otra forma podía ser, si se respetó casi en su totalidad el argumento original de Morrison?

Un ensayo personal


En 2005, ya con buena parte de su fama bien ganada gracias a The Invisibles, Grant Morrison volteó hacia la reconstrucción de algunos superhéroes –como hizo al comienzo de su carrera con Animal Man y Doom Patrol, previos incluso a The Invisibles–, pero a sabiendas de que el resultado sería más bien atípico y en muchos sentidos ecléctico, DC Comics le soltó las riendas al escritor inglés y dejó en sus manos un caprichito que a la fecha es una de las pequeñas obras maestras del autor en el contexto de la producción industrial: reconstruyó a Superman.

Cuando apareció All Star Superman, desde el primer ejemplar quedó clara la postura de Morrison en torno a su percepción del personaje y qué haría con él, ya que si parte del mito en torno al hombre de acero apunta hacia su ilimitada capacidad para enfrentar obstáculos, en el caso concreto de su tratamiento sondea cómo afrontar la presencia de una muerte garantizada y conforme progresan sus tareas, se vuelve gradualmente vulnerable pese al contradictorio incremento de su poder.

Famoso por su habilidad para deconstruir los elementos internos de las mitologías que componen a los diferentes personajes del universo del cómic para atribuirles nuevos rasgos desde una lectura integral, Morrison advirtió que su trabajo estaría desvinculado de la continuidad canónica de las títulos a la venta para el público tradicional. All Star Superman sería un trabajo aparte con una duración y límites predefinidos.

Así, este Superman confrontaría en el mencionado duelo con su propia vida, doce tareas como las de Hércules, previas al anuncio formal de su muerte. El rescate de la nave; la creación de una pócima capaz de otorgar por 24 horas un duplicado de sus poderes; la derrota de una esfinge del futuro mediante la respuesta de un acertijo sin solución para salvar la vida de Luisa Lane…

La elección de un tono

Allá por 1986, justo cuando se había llegado a la conclusión de que la figura de Superman era un absurdo insufrible, se consideró buena idea delegar a un autor recién integrado –pero célebre por sus tratamientos– el reinicio de la mitología del superhéroe, no sin antes darle un buen y certero fin para comenzar desde cero. Por esas fechas se comisionó el trabajo a Alan Moore para que se hiciera cargo del título ¿Qué pasó con el hombre del mañana? (Whatever Happened to the Man of Tomorrow?), también considerando la posible y eventual muerte de Superman en condiciones –además de complicadas– poco favorables para el personaje.


Aunque en ese trabajo predominaba un tono con privilegios para el naïve del icono que por ese entonces fue Superman, en medio de una época en que la cultura pop había roto el cascarón para transformarse en el primer y más nihilista dark del Siglo XX, en él operaba una especie de efecto de erosión por el que a falta de madurez de los creadores para evolucionar al ritmo de los tiempos predominantes, el superhéroe atestiguaba la descomposición gradual de su entorno, hasta el punto que su problemática consistía en determinar cómo hacerle frente a un conflicto general dirigido hacia su persona, que consistía en no dejarse rebasar por la abrupta e inesperada brutalidad de sus oponentes, quienes habían pasado en escalas de menos a más de enemigos simplones e idiotas a asesinos indolentes, hasta llegar a sus némesis mortales, convertidos en atrocidades de magnitud cósmica.

Fue un título magnífico para la época en la medida que hizo visible al peor y más implacable enemigo del cómic: su lector, ya que así como nutría su razón de ser, a la par de su existencia, había evolucionado para destruir de pies a cabeza las nociones sencillas de una visión maniquea sin más. Eran los años de una constante amenaza de guerra nuclear bajo el gobierno de Ronald Reagan, cuya traducción no tenía paralelo en la ingenuidad vacía de un trabajo sin elemental profundidad creativa.

A su vez, sería la primera de sucesivas muertes del personaje, que inauguraron un ciclo de reinicios cada 15 años, siempre bajo la expectativa de un renacimiento innovador, delegado sólo a los profesionales consagrados, apenas al calce para trabajar con el conato de semidiós que desde siempre ha tendido a ser Superman. Pero, si ya se había hecho, ¿en qué consistiría la modificación de Morrison?

¿Qué tal un Superman existencial?

Sí, es decir, un héroe que consciente de su mortalidad, decide crear un universo completo por sí mismo, donde vería la formación de una Tierra alternativa en la que no existe Superman, para con ello ganar paz y conciencia de que realmente no es indispensable. No solo eso, que desde su contemplación externa, atestigua el desarrollo de la noción de un superhombre bajo la pluma de un F. Nietzche, así como observa la creación de un Superman en calidad de personaje de ficción, pero nada más que eso. Ni por asomo una persona real.

Le hace saber a su enemigo mortal que el conjunto del universo, desde lo microscópico hasta lo invisible, es en realidad un conjunto de conexiones que unen todas las cosas y que, en lugar de un guardián del bien, el extraterrestre ha dedicado su existencia a custodiar ese equilibrio y allí donde hay disputa entre ellos, hace que desde la inteligencia de Luthor se percate de la estupidez de su enemistad, basada solo en las conclusiones miopes de la mente maestra.

Que el amor entre Luisa Lane y su ilusión de un salvador, por su carácter mesiánico, está más bien basado en la fantasía y, por ello, nunca imaginó desperdiciar años de su vida lejos del humano real que aprendió a conducir un tractor y venerar la Tierra donde lo educaron sus padres adoptivos. Ese Superman.

Pero dicho sin la cobertura de un argumento que reverbere sobre la estructura del personaje, es la realidad narrativa que imantó a miles de amantes del cómic y, de todos aquellos a quienes francamente la idea de leer un cómic con el personaje en realidad se antoja como invitación a la pereza, en este caso es el desperdicio de una buena lectura de un muy buen escritor.

Quizás el primer intento serio para una nueva posibilidad en términos de adaptaciones, relativamente libres de los cánones de argumentos simplones, Superman viaja al sol (All Star Superman) podría convertirse en la primera en una línea de adaptaciones de cómics para adultos y ojalá, la vanguardia de aquello que las producciones de Hollywood apenas conciben se puede realizar.

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Los Watchmen de Zack Snyder: la gran decepción… IV y última

Posted in Alan Moore, Cine, Comics, Zack Snyder with tags , , , , , , , , on abril 12, 2009 by deepfocusmagazine

Es decir, mientras los personajes de Conrad se articulan como expresiones que parecen  llevadas por una fuerza sobrenatural cuya capacidad para el más elemental libre albedrío es baja, los de Alan Moore, meditan, sufren y son conscientes de sí mismos, sin caer del todo en una visión polar del universo. Desde ahí, toda una contradicción en el seno del comic, pues se trata de supuestas marionetas que luchan en una batalla por el bien contra el mal.

No obstante, no de detiene allí. Como el excelente artesano que es, les confecciona toda una personalidad, digna de ser memorable.

Esa cosita que tienes dentro…

Uno de los momentos más deficientes de la cinta, cuando se aprecia que dirección tendrá, es durante la entrevista con el psiquiatra.

En esta escena se ve de la niñez de Rorschach uno de sus primeros brotes explícitos de violencia. Sin embargo,  ampliamente matizado respecto al original, ya que pese a tratarse de un recuento personal, encubierto en mentiras durante una prueba proyectiva, el niño de la cinta es una verdadera bestia que disfruta su salvajismo, cuando en el comic no fue así.

Se entiende la génesis del personaje a partir de sus recuerdos, aunque no todos surgen a lo largo de una sola entrevista ni están encadenados unos a otros. De hecho, se trata de más de un encuentro entre el psiquiatra y Rorschach, quien al ser recluido en la cárcel, transita gradualmente de “interno incomprendido ante sus esfuerzos por la justicia”, hacia “psicópata maltrecho con aspiraciones de justiciero” ante los ojos del lector.

Vaya, la intención de este tratamiento, puesto que gracias a Rorschach el público se conduce a lo largo de la narración, es romper la empatía inicial entre un supuesto representante del orden y una razón bastante plausible para entender el funcionamiento de los llamados vigilantes, quienes ocultan tras sus intenciones de bondad la necesidad de restaurar externamente orden y equilibrio de los que carecen a nivel interno.

Es más, Moore, con lujo de cinismo y talento, critica simultánemente a más de un representante del orden y la normalidad: policía, instituciones médicas y los superhéroes.

La película se limita a cerrar todos los episodios entre Rorschach y el psiquiatra en una misma entrevista, apresurada, sin medias tintas ni profundidad.

Incluso, origen y razón de ser del personaje tienen un lugar aparte en la historia del comic.

Quién sabe si por consulta a fuentes especializadas o genio destilado en estado puro, pero la descripión que hace Rorschach en nueve cuadros acerca de cómo asumió su identidad es psicología pura.

Empieza en el rechazo a la figura materna, una prosituta arrepentida de haber omitido el aborto para que naciera Walter Kovacs, subrayado frente a él desde la niñez. La reaparición del objeto transicional que suelen ser aquellas piezas con que los niños juegan desde pequeños para manejar la separación de la madre; la ausencia de matices en el juicio, según un esquema psíquico rígido; carencia de representaciones que indiquen la existencia de una instancia de orden en la cual ampararse o que sirva como modelo, así como la fase del espejo apuntalada hacia el descubrimiento de la propia identidad, encubierta por todas las referencias maternas, mediante una licencia poética que cambia el horror de un Norman Bates, totalmente absorbido por la figura de su madre, en un Rorschach jugando al superhéroe.

Sencillamente, genial. Y no está en la película. Por si eso fuera poco, Moore se las arregla para que la, ya de por sí endeble, estructura psíquica de Kovacs dé luz al sabueso en que se convertirá, pero insertándole un quiebre psicótico definitivo.

Como notarán aquellos que asistieron a la proyección, hay más sangre y toques mórbidos respecto a los propuestos por el comic, francamente innecesarios.

El contraste entre la propuesta original y la cinta es de un grotesco barato e insufrible que no alcanza descripción.

Simplemente para ilustrar las dimensiones del ya mencionado quiebre, basta referirse a uno famoso en la vida real, recreado en la cinta Claroscuro ( Shine, Scott Hicks, 1996).

El término refiere aquél momento en que una estructura psíquica alcanza su límite y se desmorona, para dejar en su lugar a un individuo que a duras penas puede ser llamado sujeto social. Dependiendo de la naturaleza y rasgos de quien lo experimenta, consecuencias y manifestaciones varían como decir desde el Sol hasta Plutón.

Pero, a la vez, ya que el contexto es un examen y confrontación de toda suerte de inocencias, el psiquiatra, tras verse en una posición privilegiada, pasa a tercer plano, humillado y vulnerado por Rorschach, entre una serie de verdades que lo aplastan del todo.

De nueva cuenta, no está en la película. En su lugar queda otro grotesco en que Rorschach pide a gritos le devuelva su máscara. Irónicamente y para subrayar la ausencia —quién sabe ya si deliberada, de una sensibilidad a propósito de los procesos en juego—, esta interpretación del personaje, en lugar de mantener su independencia declarada, sigue supeditado al médico.

En la medida que al anglosajón promedio no se le da muy a menudo reflexionar acerca de la conciencia, pero sí recurrir a la farmacia para solucionar problemas, pasa lo mismo con Laurie, quien de ser una especie de adolescente histérica de más de 30 años, cuando descubre el origen de su historia personal por mérito propio, atravesando las mentiras y secretos de su madre, queda en pie una mujer dueña de sí misma, de su vida y hasta de su futuro.

En la película, no. No es capaz de eso, tiene que intervenir el Dr. Manhattan para que consiga ver su realidad personal. En el sentido más humanista de la expresión, la reduce a una verdadera imbécil y marioneta de todos cuantos la rodean. Jamás logra convertirse en el personaje que realmente es: el catalizador universal de la narración.

Ya aquí, realmente pesa ver tan perdida semejante obra.

Para matar un dragón, se necesita otro dragón

Si bien es cierta la importancia de Watchmen, así como las innovaciones narrativas de Alan Moore, ocurrió hace más de dos décadas. El tono de la obra es oscuro, pesimista y poco o nada esperanzador.

La sola empresa de proponer un ejercicio que pudo quedarse en mero capricho de estilo, para volverse piedra angular de las narraciones del comic, es un ejemplo prácticamente imposible de seguir.

El pasado es bueno que se quede allí; que sirva para construir y edificar, para crear referencias y transformar el futuro. Pero cuando la edificación alcanza proporciones magnas, vivir bajo la sombra tampoco es alentador. La mera existencia de un ejemplo de semejante magnitud invita a la más abrumadora humildad o la desmedida ambición de algo superior, mil veces mejor o igual de bueno.

Afortunadamente, Alan Moore logró más que posarse en un pedestal inalcanzable, fundó escuela. De hecho, uno de los más brillantes escritores después de él, prácticamente igual de genial es Grant Morrison.

Crítico abierto de Watchmen, aunque da reconocimiento al cuerpo total de la obra de Moore, Morrison es prácticamente lo opuesto de Moore en más de un sentido.

Allí donde Moore es nostálgico y reflexivo, Morrison se muestra descarado y absurdo. Virulento, irreverente, anárquico, nihilista, también es inglés y no menos respetado que Moore.

El título que hasta la fecha representa a Morrison es la demencial serie The Invisibles.

En esta, un grupo de vigilantes que combinan magia, ciencia y fenómenos paranormales, se encuentran a cargo de la realidad no como la percibe el ser humano, sino desde una capa superior, el blanco de un grupo extraterrestre/extradimensional que pretende acabar con los humanos.

Viajando por tiempo, espacio y dimensiones paralelas, Los Invisibles revelaron el carácter delirante de un nuevo tipo de comic, no menos extremo que el propuesto por Moore, incluso más anclado en la actualidad.

Baste decir que de las entregas y estilo presentes en este comic, Grant Morrison hizo proceder una demanda contra los hermanos Wachowsky, ya que más de un diálogo y situaciones, tal y como aparecen en The Matrix, es idéntico a los escritos por Morrison. Pero la demanda resultó improcedente porque el contexto de cada relato era distinto, aunque poco faltó para que los Wachowsky entregaran su fortuna a Morrison.

Este personaje, quien además de impresionantemente prolífico ha derramado litros y litros de tinta con críticas casi todas a su favor, no ha dejado de innovar el campo del comic con nuevas propuestas.

Además de haber escrito y dirigido la reciente Final Crisis de DC Comics, se dice que planea reescribir Watchmen a partir de los personajes originales de Charlton comics: Blue Beetle (Escarabajo azul)/Búho Nocturno, Captain Atom (Capitán átomo)/Dr. Manhattan, Nightshade (Sombra nocturna)/Espectro de seda y The Question (La pregunta)/Rorschach, en un nuevo tratamiento que dista en todo de la famosa deconstrucción elaborada por Moore.

Así, sólo queda poner, no un ladrillo más sobre una tumba vieja, sino rosas frente a un arte complicado que no alcanzó a ser una nueva The Dark Knight por abierta miopía.

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