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El extraño caso del libro promovido

Posted in Artes, Autores, Cine, Comics, Literatura with tags , , , , , , , , , , on febrero 18, 2012 by deepfocusmagazine

En 2005, entre las series populares de la casa editorial Marvel, se publicó la miniserie Marvel Zombies, una extraña aventura en torno al resultado de 4 fantásticos que entraban en contacto con su versión alternativa de otra dimensión, salvo porque una vez formalizado el encuentro, los héroes del mundo paralelo en realidad eran los despojos de una forma de contaminación que había convertido a todos los superhéroes en zombies, quienes a su vez habían devorado a todos los humanos normales, hasta que ya solos y sin más recursos con que sostenerse, deciden intentar nuevos medios para seguir devorando seres vivos.

A partir de entonces, durante dos años se presentó una suerte de boom editorial que propició la aparición de títulos con una temática similar en diferentes casas de cómic. Al cabo de unos meses, ante la millonaria recaudación, esa iniciativa se materializó en un descubrimiento cultural del que no se tenía conciencia: los zombies son para los estadounidenses el equivalente de Godzilla para los japoneses, en apariencia porque el interés enmascara la paranoia ante la explosión de las torres gemelas en Estados Unidos. La potencial amenaza de un zombie no es otra cosa que la metáfora del miedo ante un golpe terrorista siempre latente.

Pero lejos de limitarse al espacio del cómic, el número de ficciones que en 2009 trataron el tema alcanzó 15 títulos y la atención de Publishers Weekly, que dedicó un artículo a la rara emergencia de semejante racha de creadores enfocados en el tema, ya que mientras La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead, George A. Romero, 1968) inauguró la referencia definitiva con que se instalaría el género en la cultura popular, antes de cierta fecha no se había presentado una variante a cargo de asimilar relatos originales para variar su argumento de tal forma, que la expectativa original quedase modificada por la licencia inscrita en el nuevo argumento. En ese mismo texto se mencionó el best-seller responsable de la inserción del fenómeno en la narrativa de ficción: Pride & Prejudice & Zombies (Orgullo, prejuicio y zombies).

Interpretación libérrima del original de Jane Austen, el libro nació por sugerencia de Jason Rekulak, quien se comunicó con Seth Grahame-Smith para darle el título, cuya mención bastó para que el autor tomase todos los elementos de la novela, de la que retiró la atmósfera de ominosidad pre victoriana para volverla explícitamente sobrenatural.

Por diversas razones, pese a que el trabajo experimentó una de las golpizas más severas en la historia de la crítica literaria, su fama se elevó a la estatura de un evento sin precedentes en la literatura de clásicos populares. Además, Rekulak se las ingenió para hacer del libro un fenómeno masivo de la cultura contemporánea valiéndose de todos los recursos a su alcance, incluido uno que se empleó para editoriales independientes, a propósito de la promoción de ediciones especiales de cómics, mediante el estímulo de animadores para consolidar la promoción de una publicación: el cortometraje publicitario.

Tal es el caso de esta secuela de Pride…, en cuyos avances se aprecia buena parte del tono burdo y desenfadado de Quirk Books:

Pero en lugar de concluir allí, ahora resulta que en su catálogo figuran Android Karenina (según el clásico de Tolstoi),

la Meowmorphosis (a partir de Kafka),

así como otra variante de Jane Austen, Sensatez, sentimientos y monstruos marinos.

Así las cosas, lo que se consideraría una franca arbitrariedad rayana en lo absurdo, hoy aparece como “Literatura remix”, todo un ejercicio de actualización que se ha apropiado de la “inmovilidad” de los clásicos para jugar con ellos indistintamente, pero en lugar de violentar el aprecio de un hipotético público, se ha convertido en un genuino éxito.

Quizás se consideraría un acierto de Rekulak, pero lo que comenzó con zombies empieza a tener matices que ya no se quedan en una muestra aislada. Seth Grahame-Smith continuó trabajando a partir de la premisa inicial y su segundo trabajo Abraham Lincoln: Vampire Hunter ha cobrado vida propia.

Publicado apenas el año pasado, le bastó aparecer en librerías para que los derechos del libro se volvieran material cinematográfico a cargo de Timur Bekmambetov, realizador de Night Watch y Day Watch de Sergey Lukianenko, además de Wanted, de Mark Millar.

Si acaso hay alguna duda, que el avance hable por sí mismo, pero, ¿quién hubiera pensado que una extravagancia como los zombies llegaría  tan lejos?

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De regreso, una vez más…

Posted in Arte Contemporáneo, Artes, Cine, Danza with tags , , , , , , , on enero 28, 2012 by deepfocusmagazine

Ha pasado mucho tiempo y numerosas cosas. Aunque se trata de una entrada breve, que sea para devolverle un poco de vida a esta página, bastante olvidada en el transcurso de unos meses.

Primero, le agradezco a Josh Bernhard por ligar esta página con su cuenta de Twitter luego del artículo escrito en torno a Pioneer One; a Sean Hartter, con quien tengo una entrada pendiente pero ya es un seguidor de Reloj Makech y, sobre todo, a quienes no han dejado de visitar la página y más a quienes se han afiliado a los contenidos que van apareciendo en ella.

No es fácil mantener un lugar con estas características, del que se ha preguntado “¿Cuántas personas escriben en él?” “Como que es un blog medio raro… ¿no?” “Siempre son cosas de las que casi nadie habla…” entre otras, pero a medio camino de la intuición, la curiosidad y una buena porción de mera suerte, así se publicó una entrada de Ron Mueck cuando apenas se estaba organizando la exposición en Monterrey, a principios de 2011 y en 2008 se habló de Jason De Caires Taylor, cuyos registros en video hoy son una cortinilla de Canal Once… algo está funcionando bien.

Pero cuando se trabaja a solas, guiado como a palos de ciego, es difícil saber si se está siguiendo el camino apropiado, que en este caso específico es única y exclusivamente el del lector

Ya que no se trata de un trabajo con remuneración económica, sino el placer de escribir para convidar al lector interesado, así como editar para que la presentación sea tan decorosa como quepa, sí, es un hecho: Reloj Makech está muy lejos de morir. En el caso de que así parezca, sintonicen sus redes sociales, porque la vida diaria es la que determinará que las pausas sean cortas o extensas, pero esta página, los alientos que la sostienen, se mantendrán hasta que ya no quede más razón ni vida para continuar con el proyecto.

Así las cosas, para recibir a los recién llegados y animar a quienes regresan, una pequeña cucharada de ritmo y buen sabor con dos videos que considero mis muy personales favoritos.

Gracias por seguir aquí.

Josh Bernhard y hacia Pioneer One, el ciberespacio capitulado II

Posted in Artes, Autores, Ciencia Ficción, Cine, Historia, Nigel Kneale, Quatermass Experiment, TV with tags , , , , , , on septiembre 3, 2011 by deepfocusmagazine

A través de Pioneer One, de manera harto paradójica, Josh Bernard revisitó uno de los clásicos más importantes de la ciencia ficción británica que a largo plazo redefinió el esquema de la producción para televisión: The Quatermass Experiment.

Primer título importante producido por la BBC, The Quatermass Experiment fue uno de los hitos que —aunque poco se ha hablado formalmente de ello— se copió y transmutó en una de las referencias indispensables para el tratamiento de historias de ciencia ficción, a propósito de la llegada de vida extraterrestre inteligente capaz de infiltrarse en el modus vivendi humano sin ser percibida.

Por ejemplo, apenas un año después de la adaptación para el cine (The Quatermass Xperiment, Val Guest, 1955) tras el éxito de su transmisión por tv, en Estados Unidos se estrenó La invasión de los muertos vivientes (Invasion of the Body Snatchers, Don Siegel, 1956), tratamiento del que sobrevive la reacción de un grupo de humanos conscientes de la presencia de vida alienígena, excepto porque la narración se enfoca en la reacción de este encuentro en el contexto de un poblado pequeño, mientras en la versión original participa de primera mano el científico titular, Bernard Quatermass.

El argumento narra cómo el doctor Quatermass, tras enviar al espacio la primera nave tripulada por humanos, busca explicación a la pérdida de contacto con el aparato para después recuperarlo pero solo con uno de los tres astronautas que lo abordaron. De hecho, cuando se examina al viajero, presenta cambios en su estructura celular que anuncian una metamorfosis iniciada durante la desaparición de la nave.

Así, en una vena muy similar a la aportación de Nigel Kneale, guionista y creador de la serie, Josh Bernard presenta Pioneer One.

A la vuelta del Siglo XXI

¿Por qué sería paradójica la semejanza entre Pioneer One y Quatermass? Porque el realizador de la primera quizás se vuelva pionero de una forma de producción independiente con la que finalmente se demuestre la efectividad de internet como plataforma de distribución, con reglas, como en su momento fue innovador Kneale al demostrar que el nuevo medio de aquél entonces no era limitación para relatar una buena historia. Además, el parecido de sus narraciones.

Sin demeritar el trabajo de Bernard, mientras buena parte de la ciencia ficción de los años 50 mostró la cara de la paranoia estadounidense —debida en muy buena medida a la cacería de brujas macartista— y casi toda la producción del género se orientó por ella como metáfora del miedo hacia la «amenaza comunista», la inspiración de Kneale pasó al olvido y el desconocimiento masivos.

Pioneer One funciona como un homenaje hacia su trabajo, aunque se actualiza con ideas propias del joven autor, quien además revela una particular maestría para dominar el género con una premisa que ensambla hábilmente preocupaciones del anglosajón contemporáneo.

Durante una noche, desde diferentes puntos en la frontera entre Canadá y Estados Unidos, se avista la presencia de un objeto cuya caída primero es confundida con una estrella fugaz y después un misil arrojado por terroristas, ya que el objeto emite radiación y contamina tanto población como territorio de Edmonton. De inmediato se envían fuerzas especiales supervisadas por agencias gubernamentales para determinar la causa, pero en el lugar del impacto encuentran una cápsula tripulada por un joven quien viste un uniforme espacial de la Unión Soviética, habla ruso y la documentación consigo explica que proviene de una misión para colonizar Marte, donde nació en los años 80.

A partir de ese momento comienza una suerte de carrera contra el tiempo cuyo propósito consiste en determinar la naturaleza del fenómeno que cae en manos de dos agentes de seguridad nacional. Muy a la manera de la dupla Mulder/Scully en Los archivos secretos X, Tom Taylor (James Rich) y Sofie Larson (Alexandra Blatt) primero intentan resolver el enigma, pero nada consiguen hasta que se respaldan en la supervisión del científico Zachary Walzer (Jack Haley), cuya participación se vuelve decisiva para encontrar evidencias ante el silencio del muchacho.

Sin embargo, justo cuando podría confundirse con un refrito de la producción de Fox Television, mirando con cuidado surge una semejanza remota y muy sutil con otra serie de televisión británica: Zafiro y Acero (Sapphire and Steel, 1979), los agentes paranormales encargados de resolver disturbios en tiempo y espacio, dado el carácter de los personajes al igual que la tensión afectiva entre ellos, sin tocar siquiera de lejos el contraste creyente/suspicaz que predominó entre Mulder y Scully. Solo por eso, la dinámica de la narración gana en efectividad, al tiempo que hace un guiño para el aficionado al género.

Expectación a la vuelta de la esquina

Pero lejos de rememorar series originales por falta de creatividad, desde el primer episodio Pioneer One logró algo que se habría considerado casi imposible desde sus días de producción en 2010, hasta el último capítulo producido a la fecha: 3,170,095 descargas.

Ya que la mayoría del material presentado en Vodo.net se encuentra en proceso de producción, salvo si se trata  de una sola exhibición o un largometraje, los títulos dependen por completo del apoyo de los visitantes para recaudar los costos de producción a través de donaciones.

Bien mirado, equivale al costo de la taquilla en una película, una porción de la tarifa por el servicio de televisión en cable o algún servicio de transmisión exclusivo, por ello el apoyo recibido por este título es admirable, aunque de ninguna forma inesperado.

Proyectado como un trabajo en seis entregas de media hora para la primera temporada, cada uno de los episodios que la componen ha logrado mantener al espectador pegado en el borde de sus asientos. No le pide un cabello a una sola de las producciones más costosas de la televisión contemporánea, pese a la austeridad de la producción, que cuando se trata de locaciones, utilería, vestuario y efectos, es increíble la diferencia que pueden hacer en el manejo de recursos, a la vez que cambian y provocan cuestionamientos de fondo en torno a estereotipos y clichés hollywoodenses.

Todavía en el cuarto capítulo, faltan dos entregas, mismas de las que el quinto capítulo ya debe estar próximo a aparecer, con un epílogo en la cuarta emisión donde se refleja el entusiasmo del reparto, al igual que el apoyo recibido por el proyecto en su totalidad.

Ya en esas, ante el posible suspenso de Pioneer One, deténgase a pensar un momento y pregúntese: ¿daría ese dinero que paga a los piratas para promover cine y televisión independientes? Porque en estos momentos se está considerando la posibilidad de transmitir la totalidad de la serie entre los competidores de la televisión tradicional. Imagine lo que pasará cuando cristalice el proyecto Google TV.

Por eso Vodo.net tiene todas sus esperanzas puestas en este proyecto, porque con él habría un cambio definitivo en el mundo de la televisión e internet.

Hasta la próxima.

Josh Bernhard y hacia Pioneer One, el ciberespacio capitulado I

Posted in Arte Contemporáneo, Artes, Autores, Cine with tags , , , , on agosto 8, 2011 by deepfocusmagazine

Pues bien, así como Vodo hizo las delicias de algunos que ansiaban contar con un sistema de distribución, otro tanto pasó para quienes se lo tomaron en serio. Por una parte se convirtió en modelo de presentación, promoción y exhibición, paralelo al ataque masivo que lanzó la industria hollywoodense contra los administradores de The Pirate Bay.

En algún punto, el debate público perdió de vista que mientras estaba concentrado en la «iniquidad» del sistema bittorrent para «robar contenidos protegidos en la red», por otra parte se estaba promoviendo la posibilidad para emplear la misma prestación tecnológica a favor de quienes no estaban adheridos a la industria o un proceso de producción «oficial». De hecho, que mientras para las grandes empresas representó una fuga importante de dinero para sus canales de recaudación ordinarios, para otros se estaba constituyendo en la primera fuente de ingresos financieros reales para culminar una realización cinematográfica.

Por allá del 2009, el primer ejemplo importante a propósito de eso fue la presentación del largometraje The Lionshare(Josh Bernhard, 2009) en eztv, isohunt, btjunkie.org, thepiratebay.org y vodo.net, que lo convirtieron en un auténtico parteagüas en términos cinematográficos, de producción y para internet.

La premisa del relato era bastante ordinaria —y en más de un aspecto insulsa—, un joven que hace una cita a ciegas con una muchacha, conforme platica con ella, le habla de su amor por el cine, que en breve lo lleva a hablar de su película favorita, Ghostbusters (Ivan Reitman, 1984). Ambos deciden ir a su departamento y desde la terminal de su máquina hacen una búsqueda para descargar la película de internet, ya que no la encuentran en el video club donde planean rentarla. El sitio que eligen justo se llama The Lionshare.

A medio camino entre el cine indie, muy influido por Wim Wenders y Werner Herzog, The Lionshare se transforma en el tipo de realización al que le importa un verdadero rábano lo que la industria hollywoodense entiende respecto a la realización de una película.

Abiertamente frontal, en la vena de lo que Jim Jarmusch decidió abordar cuando realizó Stranger Than Paradise (1983), Bernhard se toma todo el tiempo del mundo para narrar la espera de Nick (Mike Pantossi), desde una percepción en que la estructura del relato recae en torno a esa página web, la muchacha de quien no vuelve a tener noticias sino mucho después, al igual que el recorrido por una ciudad donde no se retratan efusividad ni ánimo desentendidos.

Es decir, algunos de los rompimientos y llamados de atención que prevalecen y siguen vigentes en los experimentos tanto del cine de vanguardia como en la producción europea, cuya filosofía consiste en producir sin atarse a los lugares comunes formulados por la obligatoriedad del cine estadounidense, están allí, en The Lionshare, sin extenderse en monólogos cansados ni en apologías de la existencia. Se limita a presentar una realidad de la producción en pequeña escala y desde una comunidad más bien sobria sin ánimos de ser espectacular.

Una especie de heredero del trabajo de Hal Hartley —realizador estadounidense independiente con cánones propios, pese a los estándares de Hollywood—, así como lo que ya se comentó de Jarmusch, Bernhard fue laureado por su filme completamente atípico, además de elogiarse su amparo en el uso de una plataforma que a su vez inspiraba el sentido de la cinta. Pese a la marginalidad del planteamiento, la película resultó un éxito y sirvió para cimentar el prestigio de un realizador muy joven y ambicioso.

Ante la posibilidad de un éxito fugaz propio de un advenedizo, Bernhard dio las primicias del siguiente proyecto en el que incursionaría, sin especificar del todo en qué consistiría, pero a principios del 2011 se abrió paso con Pioneer One.

Pese a que en su trabajo se descubren con cierta facilidad las influencias de autores y obras reconocidos del cine internacional, lo que se temía audacia sin más, mediante Pioneer One se confirman el rigor estilístico para dominar convenciones de género, así como la originalidad para interpretar con nuevos recursos planteamientos clásicos sin importar su austeridad, al igual que la falta de lugares comunes vistosos.

Pero de eso se hablará en la siguiente entrega.

Hoy es el fin del mundo…

Posted in Arte Contemporáneo, Autores, Cine, Computer animation with tags , , , , , on abril 19, 2011 by deepfocusmagazine

…Al menos en la mitología de Terminator. Sin embargo, esta es la fecha en que la inteligencia artificial llega a la cúspide mediante la conciencia que adquiere de sí misma y con ella el fin de la humanidad.

Tan emblemática es la fecha que tanto Wired como io9 le han reservado un espacio en sus correspondientes sitios.

Visiten los vínculos y deléitense.

La vida loca (Christian Poveda, 2009)

Posted in Artes, Autores, Cine, Fotografía with tags , , , , on octubre 1, 2010 by camadorz

“Yo tomo la fotografía como una herramienta

de denuncia, para hablar de algo que no funciona”.

Christian Poveda

“Casi todo lo que está en la

pantalla está muerto”.

Michael Rabiger

“La paz es una utopía y la muerte una realidad” en El Salvador, afirmaba Christian Poveda, tan sólo unas semanas antes de su certero asesinato, a un periodista francés en un pre-estreno de su documental La vida loca. Y entre la utopía y la realidad se mueve el discurso de Christian en el documental sobre la dieciocho. La utopía de pensarse dueño de su propia vida y la realidad de saberse preso sólo de la muerte; la utopía de pertenecer a algo, cuando en realidad ese algo es inasible; la utopía de creer que una prótesis de ojo nos quitará las cicatrices internas y la realidad de que ese ojo ficticio sólo nos ajustará en el momento en que nos cierren los ojos bajo el frío cristal de un ataúd; la utopía de pensar que el mundo empieza y acaba en La Campanera y la realidad de que el lobo no está afuera, sino dentro; la utopía de que un nefasto rito mortuorio limpia el alma y reconstruye el espíritu y la realidad de que las palabras están huecas y el ataúd lleno; la utopía de considerar que de ese espanto puede brotar la dignidad humana y la cruda realidad de encontrarse con cuatro balazos en la cara.

La vida loca (Poveda, Francia-México-España, 2009) es el documental por el que irremediablemente se ubicará la obra de Christian Poveda. Y no por ser un documento único en cuanto a su contenido, sino por ser la película por la que Poveda fue asesinado en La Campanera, barriolúmpen salvadoreño donde viven y sobreviven los miembros de la M18, una de las dos pandillas Maras que asolan San Salvador. No sé si será justo que el nombre de Christian Poveda haya sido por siempre tatuado en la piel del fenómeno mara, pero es un hecho que pasarán años antes de que otro documentalista tenga los arrestos para adentrarse en ese mundo irracional e ilógico que es el pandillerismo salvadoreño. ¿Cómo acercarse, entonces, al documento audiovisual por el que un experimentado periodista fue asesinado? ¿Cómo deshacerse de este tamiz de sacrificio y martirologio? ¿Cómo desvestirlo de esa aura de solemnidad que la muerte de su autor le ha conferido? Tal vez de la manera en que Christian Poveda se acercó siempre a los temas que le interesaron. Con una calculada subjetividad.

Yo en lo que hago no soy objetivo. Siempre defiendo un punto de vista bien claro que es el mío y cada uno es libre de pensar lo que quiera sobre él”. De esta forma justificó Christian la crudeza de su obra, lo mismo la que habla sobre los fanáticos de la ultraderecha europea que sobre los “maras” salvadoreños; lo mismo la de las fotografías de una glamorosa vida de Nueva York en el NY Times que sobre los disturbios estudiantiles franceses en Le Figaro Magazine; lo mismo como corresponsal de guerra para Newsweek en El Salvador y Nicaragua, que como cronista visual urbano en Paris. Christian Poveda siempre ubicó su discurso del lado de los desamparados, siempre trató de articularlo con la idea de darle voz a quienes se les ha negado. De ahí lo interesante de su obra. Su lente no sólo buscaba una imagen, sino lo que esa imagen desprendía. Y lo que desprende la imagen de un miembro de la M18 es por demás interesante y cautivador. Esos cuerpos tatuados de manera irregular, con la cabeza rapada y la piel ceniza, la afrenta en el gesto y la soledad en la mirada fueron el objeto ideal de seducción para un fotógrafo y periodista como Poveda. Si a esto se le suma su pasada estancia en El Salvador durante la guerra civil y ahora, tras la instauración de la democracia con un gobierno de izquierda (salido incluso de las filas guerrilleras del FMLN), los elementos se conjugaron para que Poveda hiciera de este país centroamericano, el más violento de la región, su casa por más de tres años. El primer acercamiento que Poveda tuvo con los maras fue a través de largas sesiones fotográficas y de conversación en las cárceles de El Salvador. Posteriormente, de acuerdo con sus propios testimonios, Poveda incursionó en las zonas de control de la M18, pandilla asentada en el barrio La Campanera, en el suburbio de Soyapango, identificado como uno de los espacios más violentos de la capital del país. Una vez establecidos los términos de su investigación y los límites de su trabajo (jamás revelados por Poveda a medio alguno, ni siquiera a los productores del documental, según testimonios de éstos), el documentalista franco-español grabó a lo largo de 14 meses en La Campanera, en una prisión estatal, en los juzgados locales de El Salvador, en un centro de readaptación para menores y en la morgue municipal. El resultado es uno de los documentos modernos más aterradores y palpables sobre la violencia pandilleril de los maras de El Salvador.

Cuando se arma un documental siempre se tiene una tesis avanzada. Pero también siempre ocurre que a lo largo del proceso de producción esa tesis se estrella contra una realidad que nos es desconocida. Christian Poveda repitió en varias ocasiones que su motivación inicial para la realización del documental fue la de entender por qué un niño de 12 años decidía convertirse en un asesino, cuáles son las causas que lo orillan a abrazar un destino tan cruel. Pero al ver La vida loca uno jamás entiende por qué sucede esto y tampoco alcanza a ver que el realizador haya intentado adelantar esa respuesta. Muchos han sido los artículos tremendistas que sobre el fenómeno mara han aparecido en la prensa, pero pocos han profundizado en sus causas y son contados quienes han dado seguimiento al fenómeno, ya no para entenderlo, sino para saber hacia dónde va. El antropólogo argentino Ernesto García Canclini expresó en una conferencia en la UAM que todo fenómeno social es orgánico y que se debe vigilar su evolución muy de cerca para no llamarse después a la sorpresa. Y el documental de Poveda es tan sólo el inicio de lo que tendría que haber sido un puntual seguimiento al fenómeno mara. De hecho, tras una breve ausencia de apenas 9 meses, Poveda regresa a una Campanera distinta, donde los mandos de las pandillas han cambiado y ahora los líderes son más violentos y renuentes a negociar una tregua de paz. “Esta situación me tiene preocupado, porque creo que van a aumentar los homicidios y las autoridades gubernamentales no tienen ni idea del monstruo que tienen enfrente. Una situación difícil que en mi opinión podría desencadenar en otro tipo de guerra civil”.

La vida loca lleva al espectador a través de la agonía de un grupo de pandilleros maras de la M18, pandilla que controla varias zonas del Salvador profundo. El documental no es una disección del fenómeno, sino un fresco de cómo el fatal destino de estos pandilleros está igual de marcado que su cuerpo; no es un tratado antropológico sobre el fenómeno mara, pero sí una visión distinta y muy humanizada de cómo estos pandilleros lidian con una realidad que no sólo nos es ajena, sino inescrutable; no es una película justificatoria de su condición como pandilleros, pero sí un espejo en el cual vernos como una sociedad que privilegia la violencia como herramienta de ejercicio de poder, la sordera como política social y la ceguera como herramienta de convivencia.

La obra de Christian era un trabajo en permanente construcción. Su mirada nunca estaba quieta y si su lente fijaba una imagen, su mente y su andar la ponían en movimiento. Por eso alternaba la cámara fotográfica con la de video. Por eso sus trabajos en video tenían la esencia de la fotografía y por eso sus portafolios fotográficos emanaban esa dinámica de la imagen en movimiento.

Un buen fotógrafo tiene que tener la capacidad de editar personalmente su trabajo. La edición es todo un arte que se aprende al recorrer, estudiar y analizar trabajos, libros, exposiciones de maestros y de nuevos talentos. Es un ejercicio permanente que todo fotógrafo tiene la obligación de imponerse a todo lo largo de su carrera”. Esto escribió Christian en su blog, semanas antes de que fuese encontrado muerto con cuatro balazos en la cara, a propósito del profesionalismo con que un fotógrafo debe desempeñarse. Y tal vez fue este sentimiento de profesionalismo lo que llevó a Christian a su inevitable asesinato.

Sergio García Michel, la voz y la imagen

Posted in Artes, Autores, Cine, Documental with tags , , , , on septiembre 28, 2010 by camadorz

Antes de hablar, quisiera decir algo.

Groucho Marx

Sergio García es (así en presente) de esos escasos cineastas mexicanos que prestan su voz para que sea la de otros la que se escuche. A diferencia de quienes intentan hacer cine de autor, de quienes se abrazan al cine comercial, de aquellos que se esfuerzan por realizar un cine documental o de los que buscan experimentar con el cine, la obra de Sergio García se identifica con aquellos que hacen del cine un medio para expresarse a través de la voz de los otros, de definir la voz de una sociedad a través de la voz de un grupo social, de alzar la voz contra quienes vociferan para acallar a todos, de hacer del silencio voz, de la voz música y de la música contemplación.

Es ocioso referir el hecho de que si Sergio García hubiese nacido en otro país (EUA, Francia, España) su cine habría tenido una resonancia de acuerdo con su valía. Pero es cierto. Es inútil recomendar a estas alturas la obra de Sergio García como necesaria para entender la evolución de la cultura pop y la contracultura mexicanas. Pero es verdad. De nada vale recordar que sin la obra de Sergio García la cinematografía mexicana estaría un tanto miope de su enfoque documental. Pero es lo justo.

Sergio García fue un realizador lírico, maestro dedicado, terco productor, inigualable compañero y un cineasta completo. En él era común conjuntar al director, productor, guionista, camarógrafo, sonidista y editor. Las películas (cortos, largos, ficción, documental, reportajes, videoclips) de Sergio García tienen esa extraña cualidad de la ingenua mirada del novel cineasta, de aquel que hace del cuadro su lienzo y su página escrita, pero también una ventana para mirar al exterior y que los otros nos miren hacia adentro.

Se ha catalogado la obra de Sergio García como experimental, de culto, documental, de vanguardia, de crítica social y hasta de adelantada a su tiempo. Pero también se le ha visto como naive, arcaica, sin estructura, complaciente, proselitista y hasta inocua. Todos estos calificativos validan una obra surgida no de la pretensión, sino de la entraña; no del conformismo, sino de la inquietud; no de la ridícula imitación, sino de la instintiva búsqueda; no para la complacencia de las élites intelectuales, sino para el registro de la memoria popular.

Quien conozca la obra de Sergio García podrá adivinar a la persona y quienes lo conocimos entendemos del por qué de sus temáticas y su estilo. No es que Sergio tratara de hacer filmes oníricos, sino que le era fácil reconocer la belleza en la cotidianeidad; no es que se negara a crecer, sino que su mirada siempre fue adolescente; no es que buscara escandalizar, sino que buscaba reflejar aquello que ocultamos; no es que quisiera trascender, sino que sus palabras guardan una cercana identificación con nuestros anhelos.

Al revisitar la trayectoria fílmica y videográfica de Sergio García nos encontramos lo mismo con cortos experimentales de narración no lineal (El fin, 1970; Eran tres, 1972), largos de docu-ficción (Un toke de roc, 1988) y documentales tradicionales (Superman cayó en Vietnam y Tarzán en Angola, 1979; El ángel de la paz, 1995), rockumentales (Jorge Reyes en el año del eclipse, 1992; El cantar de los cantores, 2010) y gran cantidad de cortos de una amplia variedad de géneros. Pero más que en su filmografía, la valía de su cine está en la manera en que lo ejecutaba.

Sergio García trabajaba fuera de la industria y de los grupos. Más que un outsider era un maverick. Gozaba su independencia y hacía gala de ella al momento de grabar (sus últimos trabajos fueron en video. Dejó el celuloide hace muchos años). Los recursos monetarios eran escasos, si no inexistentes. Sus actores no cobraban y la gran mayoría de ellos juraban que trabajarían de nuevo con él cuando se los pidiese.

Ajustaba la historia a las locaciones, la dinámica de grabación a los actores y todo era parte orgánica de la película. Sus grabaciones nunca estuvieron del todo planeadas. Siempre dejaba espacio para el azar y la improvisación. Era un fiel creyente en que la labor del realizador es la de coordinar el talento de los demás y acomodar las piezas al final. Por esos sus filmes son tan distintos entre sí en cuanto al nivel de ejecución, pero tan similares en su esencia. Encontrar un cineasta como Sergio García en la historiografía mexicana no sólo es raro, sino excepcional. Para acercarse a ella hay que dejar de lado cualquier viso de lectura comercial o de autor. ¡Caray! Hay que dejar de lado, incluso, nuestro aprendizaje del lenguaje audiovisual que las nuevas tecnologías y la TV han traído consigo.

Las imágenes de Sergio García son anteriores no sólo a Youtube y a la TV, sino anteriores también a ese cine que se vale de la exagerada fragmentación del cuadro para poder diluir un discurso vacuo y carente de sustento. Las imágenes de Sergio García tienen esa extraña cualidad de estar viendo algo real, desnudo de drama innecesario y evitando los ejercicios de estilo que el mercado exige.

Sergio García no deja una obra inconclusa, sino accesible para quien quiera leerla.

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