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Bernard Quatermass: el invento del monstruo universal II

Posted in Autores, BBC, Bernard Quatermass, Ciencia Ficción, Nigel Kneale, Quatermass Experiment, TV with tags , , , , , , on octubre 19, 2008 by deepfocusmagazine

A selection of Kneale's material available on DVD.

Obra de Nigel Kneale

(Imagen vía Wikipedia)

Por una parte, en efecto, el fantasma de la Guerra, tecnologías de aquel entonces, la expectativa de viajes espaciales, se antojaban terriblemente complejas y peligrosas; por otra, su elaboración a través de nuevos medios culturales como cine, radio y la recién nacida televisión, dejó ver qué tipo de tratamiento formuló cada sociedad anglosajona, en términos de su capacidad para asimilar el cambio del que no sólo eran protagonistas, sino responsables directos.

Mientras para Estados Unidos se abría la posibilidad de jugar con un concepto no del todo claro, pues en su literatura apenas figuraba como una temática que ya hubiese trascendido para su sociedad, otro tanto sucedía en cine y televisión: los argumentos de la ciencia ficción estaban relegados a la esfera del género infantil en TV y radio, al pulp en medios impresos y a producciones B en cine.

Las representaciones gráficas del pulp

Las representaciones gráficas del pulp

Dicho de otro modo, productos y expresiones de baja calidad, minimizados en importancia, atractivos para un muy pequeño grupo de autores, dirigidos a un consumo masivo, aparentemente sin compromiso estético de la menor especie.

Por otro lado, el tratamiento de las narraciones, sin importar fascinación y horror ante lo desconocido, se encontraban limitadas por representaciones de figuras heroicas contra amenazas del más allá; adaptaciones de relatos western en escenarios de ciencia ficción, en los que gunslingers y cowboys se sustituyeron por astronautas, así como el espacio exterior asumió el valor de una nueva frontera por colonizar.

Es justo en ese punto donde radica el genio de Nigel Kneale. En lugar de plantear un relato arbitrario, delineado con clichés de un sub género para adaptarlo a otro todavía en pañales, elige la ruta menos cómoda y elaborada: estructurar una narración compleja a partir de personajes que todos interactúan a coro, tal cual pasaría en una tragedia griega; cada uno posee profundidad, además de estar absorbido en dilemas morales. Asimismo, el protagonismo no se concentra sólo en la persona del personaje titular, también aparecen involucrados milicia y gobierno con sus respectivos representantes. En otras palabras, una puesta en escena a gran escala.

La llegada

La llegada del agente del caos...

A su vez, un giro que no se había dado en décadas con la precisión que Kneale consiguió. Desde una perspectiva opuesta a la de Mary Shelley con Frankenstein —pues con ella se decide que el resultado de la ciencia es el horror, porque desafía el orden de lo natural—, Kneale planteó hacer frente al horror a través de la ciencia, porque la naturaleza es parte de un descubrimiento continuo, sin volcarse a una forma de positivismo ciego.

Escena de Johnny Jupiter

Escena de Johnny Jupiter

Prácticamente sin proponérselo, Kneale sentó las bases de una diferencia mayúscula en la literatura de géneros instrumentada por los medios masivos: por un lado la ciencia ficción —gobernada casi en su totalidad por los recursos y entusiasmo de Estados Unidos—, elucubrando los efectos de la ciencia en términos de su puesta en práctica en condiciones sociales; por otro, la ficción especulativa, menos ocupada en las posibilidades que en escenarios con problemáticas ya montadas, donde la historia prácticamente arranca con el conflicto de por medio, además de incorporar —en calidad de contrato con la sociedad— valores cien por ciento estéticos.

Así, la fantasía televisada de un científico participando en la competencia por la conquista del espacio —16 años antes de materializarse en la vida real—, no sólo se antojaba posible, sino el sueño anhelado que podría poner las cartas sobre la mesa y con ello elevar de nuevo a Inglaterra.

II) Frankenstein no era el monstruo, sino el científico.

El personaje de Quatermass, entre otras cosas, es un coctel de ambigüedades; aunque se muestra decidido, en realidad está plagado por preocupaciones, que van desde la seguridad de los miembros del equipo con que trabaja, implicaciones éticas y morales de forzar el resultado de una investigación, años antes de contar con resultados confiables, hasta las posibles repercursiones en la población de la Tierra, por un error de diseño de su nave. De hecho, en las tres narraciones clásicas, Quatermass está gobernado permanentemente por la duda.

Aquí, a diferencia de muchos relatos de entonces, el accidente, en lugar de ser un fenómeno fortuito, es parte integral del personaje y, por las mismas razones, el núcleo del relato.

Este pequeño detalle marca una diferencia astronómica entre los personajes de la ciencia ficción de entonces, incluso de otros “sub-géneros” (policíaco, horror, incluida la novela rosa): contrario al proceso de reconstrucción que solía darse en todo evento difícil o desconocido, para el que se pedía la asistencia de un experto, mismo que se portaba con aplomo y pleno dominio de la situación, sin importar que los hechos fueran por demás descabellados.

Hay una forma de involucramiento, tanto personal como psicológica, que enturbia la pureza de la investigación y desde la que se perfilará toda la forma de la narración.

La incógnita, cualquiera que fuese, invariablemente sería enfrentada y resuelta por un agente del orden, capaz de lidiar contra semejante cantidad de caos. En ningún momento fue así con Quatermass.

El sello que le impuso Kneale fue más bien el de un investigador hermenéutico, arrojándose a la interpretación de los datos conforme estos aparecían, en espera de que sus conclusiones resultasen apropiadas para dar el siguiente paso. Paradójicamente, este margen de duda resultó ser ampliamente funcional para propósitos de producción, pues por medio de este recurso narrativo, extendía también el interés de radio escuchas y televidentes de capítulo en capítulo, a medida que la duda de la entrega anterior era resuelta o más esclarecida en la siguiente.

Mientras el hecho de encontrar un personaje, bastante parecido a un hombre común enfrentando lo incierto, ya resultaba verosímil y confiable, otro tanto se añadió con un segundo factor humano que, incluso hoy, señala la presencia de Quatermas como una de las series de ciencia ficción más sobrias jamás emprendidas: el científico está en el apogeo de su carrera, pero después de mucho tiempo de trabajo.

Es un hombre de mediana edad, entre los 50 y 60 años; aparenta un ligero descuido en su persona, aunque se reserva cierto toque de sobriedad y buen gusto al que no da importancia. No se trata aquí del científico entre los 20 y 35 años, ya con un descubrimiento espectacular; incluso, joven genio de excelente apariencia física.

Con ese personaje y escenario, el ensayo da inicio.

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Bernard Quatermass: el invento del monstruo universal

Posted in Autores, BBC, Bernard Quatermass, Ciencia Ficción, Cine, Nigel Kneale, Quatermass Experiment, TV with tags , , on junio 28, 2008 by deepfocusmagazine

Las dos caras de Quatermass

Bernard Quatermass: Reginald Tate (1953) y Jason Flemyng (2005)

Gran Bretaña se ha distinguido por crear verdaderas leyendas de la ciencia ficción, tanto televisiva como cinematográfica; sin embargo, estas dieron comienzo tras The Quatermass Experiment (1953), quizás la más influyente de todas, pues a partir de las características establecidas en Quatermass Experiment —al igual que adaptaciones para cine, series subsecuentes a la original y un remake de la misma—, nació una vertiente de ciencia ficción cuyo estilo no sólo es emblemático y representativo de Inglaterra, sino toda una filosofía respecto a cómo abordar el género.

De hecho, los hallazgos e ingenio narrativo de Nigel Kneale (1922-2006), creador del personaje —así como otras obras maestras de las que se hablará después—, aunque no son del todo conocidos en América Latina, siguen trascendiendo y retomándose de este genial guionista, algunas veces con todo descaro, sin el menor afán de maquillar su influencia, pero por igual ignorando todo crédito ni hablar de él.

En los incios de su carrera

Thomas Nigel Kneale (en el set de Quatermass II, con los planos del cohete tras él)

Tan sólo para señalar la importancia de este autor, de la serie Quatermass se desprenden e inspiran  Muertos vivientes/La invasión de los usurpadores de cuerpos ( Invasion of the Body Snatchers, Don siegel, 1956), 2001: Una odisea espacial ( 2001: A Space Odyssey, Stanley Kubrick, 1968), Alien, el octavo pasajero ( Alien, Ridley Scott, 1979), Aliens (James Cameron, 1986), Doctor Who (1963-…), entre otras.

Aun más extraño, el medio en que prosperó Kneale, contrario a lo que dicta la historia de los medios masivos, fue la televisión, no el cine, restringiendo su fama a un fenómeno local, más que global, como también se verá en otro momento.

La narración en seis capítulos de Quatermass Experiment partió de la siguiente premisa: tres astronautas coordinados por el profesor Bernard Quatermass (Reginald Tate), son enviados al espacio de acuerdo con un programa cuyo propósito es participar en la carrera para conquistar la luna. Patrocinado por la Corona Británica, Quatermass desarrolla un prototipo que ignora cómo se desempeñará en la práctica, sin importar cuan profesionales son él y su equipo de científicos.

Así, los viajeros son lanzados al espacio, pero se pierde toda comunicación con ellos durante 57 horas debido a una falla en el diseño, resultando en un regreso de emergencia por la fuerza. De vuelta en la Tierra, sólo está Victor Carroon (Duncan Lamont) a bordo de la nave, sin más rastros de los otros dos que sus trajes vacíos. Tras examinar al sobreviviente, su fisiología y metabolismo presentan rasgos absurdos para lo que se considera un adulto normal, además de hablar alemán, sin ser su idioma nativo ni haberlo practicado en la vida.

I) El Caldero seminal

En la línea de muchas historias de ciencia ficción abordadas en la década de los 50, había un viaje al espacio, un científico, su equipo de ayudantes, el infaltable periodista, un enigma surgido más allá de la Tierra, policías, —menos frecuentes aunque también— políticos de altos vuelos… Hasta allí, todo habría sido de lo más ordinario, salvo por su escritor, quien tuvo la iniciativa de transformar la ciencia ficción en un género dramático, mediante metáforas alusivas a los años de la Segunda Guerra Mundial.

El antecedente de Welles con la narración radiada de La guerra de los mundos había dejado claro que sin importar ingenuidad ni desinformación, entre los radioescuchas de aquél entonces había vagas nociones de ciencia y tecnología más allá del ámbito casero, entre las que figuraban ingeniería para vuelos teledirigidos, armas avanzadas, políticas inestables… sumadas a las inquietudes del mundo real. Tal y cómo aparecieron interrelacionadas, evidenciaron también, más allá de la penetración mediática, que los parámetros para escribir y narrar una historia habían cambiado de manera radical.

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