La vida loca (Christian Poveda, 2009)

“Yo tomo la fotografía como una herramienta

de denuncia, para hablar de algo que no funciona”.

Christian Poveda

“Casi todo lo que está en la

pantalla está muerto”.

Michael Rabiger

“La paz es una utopía y la muerte una realidad” en El Salvador, afirmaba Christian Poveda, tan sólo unas semanas antes de su certero asesinato, a un periodista francés en un pre-estreno de su documental La vida loca. Y entre la utopía y la realidad se mueve el discurso de Christian en el documental sobre la dieciocho. La utopía de pensarse dueño de su propia vida y la realidad de saberse preso sólo de la muerte; la utopía de pertenecer a algo, cuando en realidad ese algo es inasible; la utopía de creer que una prótesis de ojo nos quitará las cicatrices internas y la realidad de que ese ojo ficticio sólo nos ajustará en el momento en que nos cierren los ojos bajo el frío cristal de un ataúd; la utopía de pensar que el mundo empieza y acaba en La Campanera y la realidad de que el lobo no está afuera, sino dentro; la utopía de que un nefasto rito mortuorio limpia el alma y reconstruye el espíritu y la realidad de que las palabras están huecas y el ataúd lleno; la utopía de considerar que de ese espanto puede brotar la dignidad humana y la cruda realidad de encontrarse con cuatro balazos en la cara.

La vida loca (Poveda, Francia-México-España, 2009) es el documental por el que irremediablemente se ubicará la obra de Christian Poveda. Y no por ser un documento único en cuanto a su contenido, sino por ser la película por la que Poveda fue asesinado en La Campanera, barriolúmpen salvadoreño donde viven y sobreviven los miembros de la M18, una de las dos pandillas Maras que asolan San Salvador. No sé si será justo que el nombre de Christian Poveda haya sido por siempre tatuado en la piel del fenómeno mara, pero es un hecho que pasarán años antes de que otro documentalista tenga los arrestos para adentrarse en ese mundo irracional e ilógico que es el pandillerismo salvadoreño. ¿Cómo acercarse, entonces, al documento audiovisual por el que un experimentado periodista fue asesinado? ¿Cómo deshacerse de este tamiz de sacrificio y martirologio? ¿Cómo desvestirlo de esa aura de solemnidad que la muerte de su autor le ha conferido? Tal vez de la manera en que Christian Poveda se acercó siempre a los temas que le interesaron. Con una calculada subjetividad.

Yo en lo que hago no soy objetivo. Siempre defiendo un punto de vista bien claro que es el mío y cada uno es libre de pensar lo que quiera sobre él”. De esta forma justificó Christian la crudeza de su obra, lo mismo la que habla sobre los fanáticos de la ultraderecha europea que sobre los “maras” salvadoreños; lo mismo la de las fotografías de una glamorosa vida de Nueva York en el NY Times que sobre los disturbios estudiantiles franceses en Le Figaro Magazine; lo mismo como corresponsal de guerra para Newsweek en El Salvador y Nicaragua, que como cronista visual urbano en Paris. Christian Poveda siempre ubicó su discurso del lado de los desamparados, siempre trató de articularlo con la idea de darle voz a quienes se les ha negado. De ahí lo interesante de su obra. Su lente no sólo buscaba una imagen, sino lo que esa imagen desprendía. Y lo que desprende la imagen de un miembro de la M18 es por demás interesante y cautivador. Esos cuerpos tatuados de manera irregular, con la cabeza rapada y la piel ceniza, la afrenta en el gesto y la soledad en la mirada fueron el objeto ideal de seducción para un fotógrafo y periodista como Poveda. Si a esto se le suma su pasada estancia en El Salvador durante la guerra civil y ahora, tras la instauración de la democracia con un gobierno de izquierda (salido incluso de las filas guerrilleras del FMLN), los elementos se conjugaron para que Poveda hiciera de este país centroamericano, el más violento de la región, su casa por más de tres años. El primer acercamiento que Poveda tuvo con los maras fue a través de largas sesiones fotográficas y de conversación en las cárceles de El Salvador. Posteriormente, de acuerdo con sus propios testimonios, Poveda incursionó en las zonas de control de la M18, pandilla asentada en el barrio La Campanera, en el suburbio de Soyapango, identificado como uno de los espacios más violentos de la capital del país. Una vez establecidos los términos de su investigación y los límites de su trabajo (jamás revelados por Poveda a medio alguno, ni siquiera a los productores del documental, según testimonios de éstos), el documentalista franco-español grabó a lo largo de 14 meses en La Campanera, en una prisión estatal, en los juzgados locales de El Salvador, en un centro de readaptación para menores y en la morgue municipal. El resultado es uno de los documentos modernos más aterradores y palpables sobre la violencia pandilleril de los maras de El Salvador.

Cuando se arma un documental siempre se tiene una tesis avanzada. Pero también siempre ocurre que a lo largo del proceso de producción esa tesis se estrella contra una realidad que nos es desconocida. Christian Poveda repitió en varias ocasiones que su motivación inicial para la realización del documental fue la de entender por qué un niño de 12 años decidía convertirse en un asesino, cuáles son las causas que lo orillan a abrazar un destino tan cruel. Pero al ver La vida loca uno jamás entiende por qué sucede esto y tampoco alcanza a ver que el realizador haya intentado adelantar esa respuesta. Muchos han sido los artículos tremendistas que sobre el fenómeno mara han aparecido en la prensa, pero pocos han profundizado en sus causas y son contados quienes han dado seguimiento al fenómeno, ya no para entenderlo, sino para saber hacia dónde va. El antropólogo argentino Ernesto García Canclini expresó en una conferencia en la UAM que todo fenómeno social es orgánico y que se debe vigilar su evolución muy de cerca para no llamarse después a la sorpresa. Y el documental de Poveda es tan sólo el inicio de lo que tendría que haber sido un puntual seguimiento al fenómeno mara. De hecho, tras una breve ausencia de apenas 9 meses, Poveda regresa a una Campanera distinta, donde los mandos de las pandillas han cambiado y ahora los líderes son más violentos y renuentes a negociar una tregua de paz. “Esta situación me tiene preocupado, porque creo que van a aumentar los homicidios y las autoridades gubernamentales no tienen ni idea del monstruo que tienen enfrente. Una situación difícil que en mi opinión podría desencadenar en otro tipo de guerra civil”.

La vida loca lleva al espectador a través de la agonía de un grupo de pandilleros maras de la M18, pandilla que controla varias zonas del Salvador profundo. El documental no es una disección del fenómeno, sino un fresco de cómo el fatal destino de estos pandilleros está igual de marcado que su cuerpo; no es un tratado antropológico sobre el fenómeno mara, pero sí una visión distinta y muy humanizada de cómo estos pandilleros lidian con una realidad que no sólo nos es ajena, sino inescrutable; no es una película justificatoria de su condición como pandilleros, pero sí un espejo en el cual vernos como una sociedad que privilegia la violencia como herramienta de ejercicio de poder, la sordera como política social y la ceguera como herramienta de convivencia.

La obra de Christian era un trabajo en permanente construcción. Su mirada nunca estaba quieta y si su lente fijaba una imagen, su mente y su andar la ponían en movimiento. Por eso alternaba la cámara fotográfica con la de video. Por eso sus trabajos en video tenían la esencia de la fotografía y por eso sus portafolios fotográficos emanaban esa dinámica de la imagen en movimiento.

Un buen fotógrafo tiene que tener la capacidad de editar personalmente su trabajo. La edición es todo un arte que se aprende al recorrer, estudiar y analizar trabajos, libros, exposiciones de maestros y de nuevos talentos. Es un ejercicio permanente que todo fotógrafo tiene la obligación de imponerse a todo lo largo de su carrera”. Esto escribió Christian en su blog, semanas antes de que fuese encontrado muerto con cuatro balazos en la cara, a propósito del profesionalismo con que un fotógrafo debe desempeñarse. Y tal vez fue este sentimiento de profesionalismo lo que llevó a Christian a su inevitable asesinato.

Anuncios

Una respuesta to “La vida loca (Christian Poveda, 2009)”

  1. Buen analisis, Poveda desgraciadamente accede al pantion de los fotografos reporteros caidos en nombre de la libertad a la imagen e infornacion.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: