Sergio García Michel, la voz y la imagen

Antes de hablar, quisiera decir algo.

Groucho Marx

Sergio García es (así en presente) de esos escasos cineastas mexicanos que prestan su voz para que sea la de otros la que se escuche. A diferencia de quienes intentan hacer cine de autor, de quienes se abrazan al cine comercial, de aquellos que se esfuerzan por realizar un cine documental o de los que buscan experimentar con el cine, la obra de Sergio García se identifica con aquellos que hacen del cine un medio para expresarse a través de la voz de los otros, de definir la voz de una sociedad a través de la voz de un grupo social, de alzar la voz contra quienes vociferan para acallar a todos, de hacer del silencio voz, de la voz música y de la música contemplación.

Es ocioso referir el hecho de que si Sergio García hubiese nacido en otro país (EUA, Francia, España) su cine habría tenido una resonancia de acuerdo con su valía. Pero es cierto. Es inútil recomendar a estas alturas la obra de Sergio García como necesaria para entender la evolución de la cultura pop y la contracultura mexicanas. Pero es verdad. De nada vale recordar que sin la obra de Sergio García la cinematografía mexicana estaría un tanto miope de su enfoque documental. Pero es lo justo.

Sergio García fue un realizador lírico, maestro dedicado, terco productor, inigualable compañero y un cineasta completo. En él era común conjuntar al director, productor, guionista, camarógrafo, sonidista y editor. Las películas (cortos, largos, ficción, documental, reportajes, videoclips) de Sergio García tienen esa extraña cualidad de la ingenua mirada del novel cineasta, de aquel que hace del cuadro su lienzo y su página escrita, pero también una ventana para mirar al exterior y que los otros nos miren hacia adentro.

Se ha catalogado la obra de Sergio García como experimental, de culto, documental, de vanguardia, de crítica social y hasta de adelantada a su tiempo. Pero también se le ha visto como naive, arcaica, sin estructura, complaciente, proselitista y hasta inocua. Todos estos calificativos validan una obra surgida no de la pretensión, sino de la entraña; no del conformismo, sino de la inquietud; no de la ridícula imitación, sino de la instintiva búsqueda; no para la complacencia de las élites intelectuales, sino para el registro de la memoria popular.

Quien conozca la obra de Sergio García podrá adivinar a la persona y quienes lo conocimos entendemos del por qué de sus temáticas y su estilo. No es que Sergio tratara de hacer filmes oníricos, sino que le era fácil reconocer la belleza en la cotidianeidad; no es que se negara a crecer, sino que su mirada siempre fue adolescente; no es que buscara escandalizar, sino que buscaba reflejar aquello que ocultamos; no es que quisiera trascender, sino que sus palabras guardan una cercana identificación con nuestros anhelos.

Al revisitar la trayectoria fílmica y videográfica de Sergio García nos encontramos lo mismo con cortos experimentales de narración no lineal (El fin, 1970; Eran tres, 1972), largos de docu-ficción (Un toke de roc, 1988) y documentales tradicionales (Superman cayó en Vietnam y Tarzán en Angola, 1979; El ángel de la paz, 1995), rockumentales (Jorge Reyes en el año del eclipse, 1992; El cantar de los cantores, 2010) y gran cantidad de cortos de una amplia variedad de géneros. Pero más que en su filmografía, la valía de su cine está en la manera en que lo ejecutaba.

Sergio García trabajaba fuera de la industria y de los grupos. Más que un outsider era un maverick. Gozaba su independencia y hacía gala de ella al momento de grabar (sus últimos trabajos fueron en video. Dejó el celuloide hace muchos años). Los recursos monetarios eran escasos, si no inexistentes. Sus actores no cobraban y la gran mayoría de ellos juraban que trabajarían de nuevo con él cuando se los pidiese.

Ajustaba la historia a las locaciones, la dinámica de grabación a los actores y todo era parte orgánica de la película. Sus grabaciones nunca estuvieron del todo planeadas. Siempre dejaba espacio para el azar y la improvisación. Era un fiel creyente en que la labor del realizador es la de coordinar el talento de los demás y acomodar las piezas al final. Por esos sus filmes son tan distintos entre sí en cuanto al nivel de ejecución, pero tan similares en su esencia. Encontrar un cineasta como Sergio García en la historiografía mexicana no sólo es raro, sino excepcional. Para acercarse a ella hay que dejar de lado cualquier viso de lectura comercial o de autor. ¡Caray! Hay que dejar de lado, incluso, nuestro aprendizaje del lenguaje audiovisual que las nuevas tecnologías y la TV han traído consigo.

Las imágenes de Sergio García son anteriores no sólo a Youtube y a la TV, sino anteriores también a ese cine que se vale de la exagerada fragmentación del cuadro para poder diluir un discurso vacuo y carente de sustento. Las imágenes de Sergio García tienen esa extraña cualidad de estar viendo algo real, desnudo de drama innecesario y evitando los ejercicios de estilo que el mercado exige.

Sergio García no deja una obra inconclusa, sino accesible para quien quiera leerla.

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5 comentarios to “Sergio García Michel, la voz y la imagen”

  1. Gracias por lo escrito

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  2. Quisiera conocer a quien escribió esta nota… si es que no conozco
    Saludos
    Viridiana García

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    • camadorz Says:

      Hola, Viridiana. Soy Csar. Conozco a Quique desde hace varios aos, ya. A tus rdenes. Mi correo es cesar.amador@gmail.com

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      • Viridiana García Says:

        hola cesar, perdón por escribir hasta ahora! Pues bellísimo escrito ¿de qué conocías a mi papá? Para responder… qué te parece si mejor platicamos de otra manera… facebook por ejemplo? yo estoy como J Viridiana García Meza
        Abrazo!

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  3. Jaja esas piernas son mías de hecho Sergio me hizo pintarme las uñas con un marcador para la foto…

    Le gusta a 1 persona

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